A lo largo de la historia, la política ha sido uno de los grandes temas de la reflexión filosófica. Preguntas sobre la libertad, la igualdad o la justicia han acompañado siempre al ser humano, porque no son meros asuntos teóricos, sino cuestiones que afectan directamente a nuestra forma de vivir juntos. Como afirmaba Aristóteles, el ser humano es un animal político, es decir, un ser que solo puede desarrollarse plenamente en comunidad. Por ello, los problemas relativos a la organización de la sociedad, al poder y a la justicia, despiertan inevitablemente un interés constante.
En este tema nos acercaremos a la Filosofía Política, su historia y sus principales teorías contemporáneas. A diferencia de la ciencia política, que estudia la sociedad a partir de la observación y los datos empíricos, la filosofía política se interroga por la legitimidad de las instituciones y por los principios de justicia que deben regir la vida colectiva. En otras palabras, no se limita a describir cómo funcionan los sistemas políticos, sino que plantea cómo deberían funcionar para que reine la justicia y la convivencia sea posible.
Pero la filosofía política no se reduce a buscar el modelo más justo de organización: también se pregunta por las condiciones que permiten la paz social, la resolución de conflictos y el ejercicio del poder. Así, por ejemplo, Michel Foucault, en su obra Vigilar y castigar, analiza el nacimiento de la prisión y se pregunta: ¿de dónde surge ese extraño proyecto moderno de encerrar para corregir, disciplinar y controlar?
Las preguntas de la filosofía política siguen siendo actuales y provocadoras: ¿en qué consiste una ciudad justa? ¿Es posible imaginar una sociedad sin gobernantes ni fuerzas de control? ¿Cuál es la mejor forma de gobierno? ¿Quién debería ejercer el poder?
¿Por qué interesarnos por la política? ¿Somos realmente idiotas?
"El peor analfabeto
es el analfabeto político.
No oye, no habla,
ni participa en los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida,
el precio del pan, del pescado, de la harina,
del alquiler, de los zapatos o las medicinas
dependen de las decisiones políticas.
El analfabeto político
es tan burro, que se enorgullece
e hincha el pecho diciendo
que odia la política.
No sabe, el imbécil, que,
de su ignorancia política
nace la prostituta,
el menor abandonado,
y el peor de todos los bandidos,
que es el político trapacero,
granuja, corrupto y servil
de las empresas nacionales
y multinacionales. "
¿Qué significa el termino idiota?
Comencemos por el principio: ¿cuándo fue la primera vez que dejamos de pensar que las normas sociales eran cosa de los dioses y empezamos a reflexionar sobre ellas como algo humano? Como tantas veces, la respuesta nos lleva a la cuna de nuestra cultura: Grecia.
En el siglo V a. C., Atenas se convierte en un centro neurálgico de transformación social. Allí nace la democracia y con ella una nueva idea: la libertad personal del ciudadano. En este contexto, la filosofía deja de mirar solo a la naturaleza y empieza a preguntarse por los asuntos sociales y políticos. El valor de la ley ya no se justifica por su origen divino: pasa a ser discutido, analizado y fundamentado por los seres humanos.
Los primeros en plantear estas cuestiones fueron los sofistas, un conjunto de pensadores que marcaron un giro decisivo. Ellos introdujeron una contraposición revolucionaria: el nómos (ley o costumbre, fruto de los acuerdos humanos) frente a la phýsis (la naturaleza). Mientras el fuego quema en todas partes por igual, las normas sociales cambian de una sociedad a otra. Con esta idea, los sofistas afirmaron que las leyes no son eternas ni divinas, sino convenciones humanas.
Eran extranjeros en Atenas, los llamados metecos, y por ello no podían participar directamente en la política. Sin embargo, tuvieron una enorme influencia: fueron maestros de oratoria y retórica, educadores de los futuros políticos, formadores en el arte de convencer en la Asamblea o en los tribunales. Su objetivo no era solo reflexionar sobre el ser humano, sino también educarlo para ser libre a través del conocimiento.
Aunque no formaron una escuela unificada, compartieron una misma orientación: poner al ser humano en el centro del pensamiento. Abandonaron las discusiones abstractas sobre la naturaleza y se centraron en cuestiones prácticas: política, religión, lenguaje, sociedad y moral. Con ello impulsaron lo que se conoce como el giro antropológico: el paso de un pensamiento mítico y naturalista a un pensamiento centrado en la vida humana y la comunidad. En una sociedad democrática, comprendieron, la palabra es poder, y dominarla era una forma de excelencia.
Entre ellos hubo intensos debates sobre la justicia y la ley. Protágoras, por ejemplo, defendía que el nómos es lo que nos diferencia de los animales, lo que permite la convivencia y asegura la supervivencia de la polis. Para él, la ley es un freno contra la barbarie, una condición indispensable de la vida común. En cambio, Calicles sostuvo una posición opuesta: la ley es artificial y contraria a la naturaleza, una invención de los débiles para frenar a los fuertes. La naturaleza, decía, muestra claramente que lo justo es que los poderosos dominen y que el placer y la fuerza marquen la excelencia.
Con los sofistas, la filosofía política había nacido. Sin embargo, no todos estaban de acuerdo con su visión relativista. Frente a ellos surge la figura de Sócrates, que introduce una forma completamente nueva de entender la filosofía: no se trata de enseñar a convencer, sino de buscar la verdad.
Sócrates estaba convencido de que existe una justicia universal, válida para todos los seres humanos, más allá de las costumbres o convenciones de cada ciudad. Su método, el diálogo o mayéutica, no pretendía imponer una doctrina, sino ayudar a que cada persona descubriera en sí misma los principios del bien y de la virtud. Para él, la política no era simplemente una técnica de persuasión, sino el arte de guiar a los ciudadanos hacia una vida buena y justa.
Mientras los sofistas enseñaban a triunfar en la Asamblea, Sócrates quería formar ciudadanos responsables, que actuaran por convicción y no solo por interés. Su famoso lema “una vida sin examen no merece ser vivida” expresa esta idea: la reflexión crítica es la base de una vida auténtica.
Su compromiso con la verdad le llevó incluso a la muerte. Acusado de corromper a la juventud y de no respetar a los dioses de la ciudad, fue condenado a beber cicuta. Sin embargo, su muerte se convirtió en un símbolo de la fidelidad a la filosofía y a la búsqueda de la justicia, incluso frente al poder de la mayoría.
De este modo, mientras los sofistas defendían que la ley era una convención cambiante, Sócrates afirmaba que debía existir un fundamento universal de la justicia. Ese choque de perspectivas inaugura un debate que aún hoy seguimos discutiendo: ¿es la justicia una cuestión relativa y dependiente de cada sociedad, o existe un criterio universal que debe orientar nuestras leyes?
Con los sofistas y Sócrates se inauguró una de las discusiones más decisivas de la filosofía: la tensión entre ética y política. Los sofistas mostraron que las leyes podían variar de una ciudad a otra y, por tanto, eran convenciones humanas. Sócrates, en cambio, defendió que debía existir un principio universal de justicia que sirviera de guía para las normas. Para él, la política podía equivocarse: una decisión de la mayoría o una ley aprobada por la ciudad no era necesariamente justa. De ahí nace un dilema que sigue siendo actual: ¿debemos obedecer siempre las leyes por el simple hecho de que son legales, o debemos obedecer solo aquellas que son justas? En otras palabras: ¿todo lo legal es también legítimo?
La relación entre ética y política se hace evidente cuando pensamos en leyes que, a pesar de ser legales, resultan profundamente injustas. Frente a ellas surge la idea de la desobediencia civil, es decir, la negativa a obedecer ciertas normas para no traicionar a la justicia. Ni la igualdad, ni la dignidad, ni los derechos humanos nos han sido regalados: son conquistas fruto de la lucha de quienes se atrevieron a decir “no” a lo establecido. Así ocurrió en los Estados Unidos y en Sudáfrica, donde la resistencia contra la discriminación racial forzó cambios legislativos decisivos; o en la India, donde Gandhi convirtió la resistencia pacífica en el camino hacia la independencia frente al dominio británico.
Ahora bien, la desobediencia civil no es un acto impulsivo ni violento. Es siempre consciente, pública y pacífica, y se apoya en principios morales que pueden ser compartidos por todos. Quien desobedece sabe que se expone a sanciones, y asume las consecuencias de su acto como parte de su compromiso con la justicia. Por eso, muchos de quienes practicaron la desobediencia civil —desde Martin Luther King hasta Gandhi— pasaron temporadas en prisión. Su sacrificio demuestra que infringir la ley puede ser, paradójicamente, una forma de fortalecer la justicia.
Uno de los primeros en formular esta idea fue el filósofo y escritor estadounidense Henry David Thoreau. En 1846, se negó a pagar un impuesto porque consideraba inmoral que su dinero financiara la guerra contra México y el sistema esclavista de su país. Por ello pasó una noche en la cárcel, un gesto aparentemente pequeño que más tarde inspiró a Gandhi y a Martin Luther King. Thoreau defendía que la verdadera obligación de cada persona no es obedecer ciegamente la ley, sino ser fiel a su conciencia: debes ser persona antes que ciudadano. La justicia, afirmaba, está por encima de la legalidad, y obedecer una ley injusta equivale a colaborar con la injusticia.Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tienes que asumir en tu vida es hacer en cada momento lo que consideres justo. Si alguien te obliga a realizar algo que va en contra de lo que te dicta tu conciencia, aunque sean tus padres, tu profesor, el jefe de estudios o un policía, ¡quebranta la ley! Tu vida entonces debe ser un freno que detenga la máquina de la injusticia. Asegúrate de que con tu obediencia no estás colaborando en hacer el daño que tú mismo condena
La palabra utopía proviene del griego ou-topos, que significa “no lugar”. Este fue el nombre que Tomás Moro dio a la ciudad ideal que describe en su célebre libro Utopía, publicado en el siglo XVI. El término hace referencia a un lugar imaginario, inexistente, pero concebido como deseable.
Imaginar metas puede parecer inútil si resultan inalcanzables, pero en realidad es necesario para poder intentar alcanzarlas. Las utopías definen los ideales y los sueños por los que estamos dispuestos a luchar. Desde la Antigüedad, la filosofía ha planteado escenarios ideales hacia los que deberíamos encaminarnos para construir sociedades más justas y lograr una mayor felicidad en nuestras vidas. Como señala Olivia Rojas, estos anhelos han sido un motor de progreso: gracias a ellos se han hecho realidad conquistas que en su momento parecían inalcanzables, como la libertad de la mujer o el derecho a una educación que permita el pleno desarrollo de todos los seres humanos. Lo que un día fue solo el sueño de un mundo utópico se ha convertido hoy en muchos países en derechos humanos efectivos.
La filosofía se interesa por la utopía porque cumple una doble función: por un lado, ofrece una especie de hoja de ruta que orienta nuestros esfuerzos hacia un mundo mejor; por otro, permite criticar los aspectos de la realidad actual que resultan insuficientes o injustos. Muchos pensadores han defendido la necesidad de reformar la sociedad tomando como inspiración modelos ideales de organización política. Uno de los más destacados fue el propio Tomás Moro. En Utopía, describe una isla imaginaria en la que la sociedad está organizada de forma igualitaria para garantizar la felicidad de todos sus habitantes. En este lugar no existe la propiedad privada, de modo que nadie desea apropiarse de lo que pertenece a los demás, y todos disponen de lo necesario para vivir con dignidad. Además, la sociedad que presenta Moro se caracteriza por su tolerancia y respeto en cuestiones religiosas, lo que permite una convivencia pacífica entre personas con creencias distintas.
Sin embargo, en la actualidad parece que tienen más éxito las visiones contrarias a la utopía: las distopías. Estas narraciones, muy populares a lo largo del siglo XX, describen con detalle sociedades futuras en las que el diseño político ha acabado arrebatando la libertad y la dignidad a las personas. Aunque se trata de relatos imaginarios, resultan muy valiosos porque nos ayudan a reflexionar sobre las consecuencias que podrían tener ciertas prácticas sociales si se llevaran a su extremo. De este modo, las distopías funcionan como advertencias que nos invitan a pensar críticamente sobre el presente y a proteger los valores democráticos y humanos que consideramos fundamentales.
Encontramos en Platón el primer pensador utópico de Occidente. En su obra La República expone una teoría política donde imagina un mundo gobernado por filósofos. Según Platón, sólo puede existir un Estado justo si quienes gobiernan conocen el Bien, que es una realidad absoluta y no relativa. Por ello, su propuesta política se basa en su teoría del conocimiento: la sabiduría es condición indispensable para gobernar y puesto que sólo es accesible a unos pocos, solo unos pocos pueden gobernar
Así la primera obra utopía es una clara crítica a la democracia, pues En griego, demos significa “pueblo”, pero también “muchedumbre” conocida como la analogía del oficio: cuando alguien está enfermo, recurre a un médico para curarse; no reúne a una multitud para que voten qué medicación debe tomar. De la misma manera, argumentaba Platón, no deberíamos dejar la política en manos de personas inexpertas y sin conocimiento, igual que no dejaríamos nuestra salud en manos de ignorantes.
Frente a la democracia ateniense de su época, que veía como un sistema corrupto e inestable, Platón imaginó una ciudad ideal, Calípolis, organizada según un principio de especialización funcional: cada persona debe desempeñar la tarea para la que está más capacitada. Como sabemos el alma humana tiene tres partes —racional, irascible y concupiscible—, y a cada una le corresponde una clase social: los gobernantes (alma racional), los guardianes o guerreros (alma irascible) y los productores o artesanos (alma concupiscible). Solo quienes poseen un alma racional y han sido educados durante años en el conocimiento del Bien pueden gobernar; los guardianes protegen la ciudad y los productores se encargan de su sostenimiento material, eso si los gobernantes para evitar la corrupción se les prohibe la propiedad privada y la familia En este modelo, es estatalista pues el interés del conjunto está por encima de los intereses individuales, y el sistema político es de carácter aristocrático: sólo unos pocos, los más sabios, están capacitados para gobernar.
Otra precursora del pensamiento utópico es Christine de Pizan (siglos XIV-XV), considerada la primera mujer escritora profesional de Europa. En su obra La ciudad de las damas construye simbólicamente una ciudad ideal habitada exclusivamente por mujeres ilustres del pasado, que representan el saber, la virtud y la fortaleza moral. Con esta alegoría defiende que las mujeres poseen la misma capacidad intelectual que los hombres y merecen acceder a la educación y a la vida pública. Su ciudad utópica no sólo combate los prejuicios misóginos de su época, sino que también anticipa ideales de igualdad que siglos después inspirarán la lucha por los derechos de las mujeres.
Todo grupo humano posee una organización social que establece una serie de derechos y deberes para sus miembros. Esta organización social se fundamenta en la organización política, regida por una autoridad con capacidad para tomar decisiones que resuelvan asuntos y problemas públicos. Dicha autoridad se materializa a través de un gobierno, que ejerce su poder sobre un territorio determinado. Por autoridad se entiende, por tanto, el derecho reconocido a una persona para tomar decisiones.
Max Weber (1864-1920) definió el poder como la capacidad de los individuos o grupos para alcanzar sus fines dentro de una relación social, incluso frente a la oposición de otros. La aparición del poder genera una división entre gobernantes y gobernados, entre quienes lo detentan y quienes se someten, voluntaria o forzosamente, a sus decisiones. La historia de la humanidad evidencia una constante sucesión de modelos de dominación ejercidos por unos seres humanos sobre otros.
Weber distingue tres formas de poder: económico, ideológico y político: El poder económico consiste en conceder o retirar riquezas. El poder ideológico supone otorgar o negar prestigio. El poder político se basa en el uso legítimo de la violencia y define relaciones de mando y obediencia. Aunque puede emplearse la coacción, también se recurre a medios como el diálogo o la persuasión. Por ejemplo, la aprobación de una ley que prohíbe fumar en espacios públicos se justifica por el beneficio sanitario, pero al mismo tiempo puede imponerse mediante sanciones.
La legitimidad del poder político se sostiene en el reconocimiento social y el consenso tácito de la población. Así, la violencia es considerada legítima cuando las leyes que la respaldan han sido sancionadas democráticamente.
Una perspectiva contemporánea del poder: Foucault
Michel Foucault es uno de los pensadores más influyentes de la filosofía contemporánea. Su reflexión sobre el poder transformó radicalmente el paradigma filosófico y sigue siendo vigente. Foucault sostiene que la verdad no existe de manera independiente del contexto histórico, sino que se encuentra inserta en él; no hay verdades intemporales, sino verdades históricamente situadas. Por tanto, no debemos preguntarnos qué es la verdad, sino cómo se manifiesta y se construye históricamente.
Desde esta perspectiva, la verdad se analiza desde el poder, pasando de un enfoque epistémico a uno político. Para Foucault, la historia de la verdad está indisolublemente ligada a la historia del poder, pero redefine el concepto clásico: el poder no solo reprime, sino que también produce y crea. Los mecanismos de poder están presentes en todas las relaciones sociales. Como afirma Foucault:
"Lo que hace que el poder agarre, que se le acepte, es simplemente que no pesa solamente como una fuerza que dice no, sino que, de hecho, la atraviesa, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos."
El poder ya no se ejerce exclusivamente desde el Estado o la clase dominante, sino que permea todas las relaciones humanas y participa en la construcción de discursos y la distinción entre verdad y falsedad. Para Foucault, el poder no es estático ni autoritario: donde hay autoridad, surge resistencia; la represión puede generar transgresión. El poder se ejerce, más que ser, y se manifiesta en lo cotidiano: enseñar, explicar o persuadir implica ejercer poder, porque en esos actos fuerzas en contacto producen transformaciones mutuas.
Su efectividad radica en la normalización: el poder triunfa cuando es interiorizado y naturalizado. Esto se evidencia en aspectos cotidianos, como la separación de los baños por género, que refuerza normas de sexualidad sin necesidad de vigilancia explícita, o la disposición de los muebles en un aula, que refleja estructuras de autoridad.
En esta línea, la verdad se configura como una estrategia del poder: un modo de establecer distinciones entre lo verdadero y lo falso, lo legal y lo ilegal, lo normal y lo anormal. No hay objetividad independiente, ya que la verdad siempre se sitúa en un entramado de relaciones de poder. Cada paradigma de conocimiento establece su versión de lo verdadero y lo problemático: lo que en una época se considera un saber válido puede resultar obsoleto en otra. Por ejemplo, para los griegos el estornudo era un signo divino; en la Edad Media, se estudiaba la angelología; hoy, esos conocimientos carecen de relevancia.
Cada época tiende a jerarquizar su saber sobre el pasado, creyendo haber alcanzado la verdad mientras considera las épocas anteriores como falsedad. Con Foucault, la idea de una verdad objetiva e intemporal se desploma: toda verdad es histórica y está condicionada por las relaciones de poder que la producen.
Nosotros hemos nacido ya en un Estado, en una institución impersonal —es decir, un poder institucionalizado y, por tanto, ejercido con independencia de las personas concretas—, que se remonta al siglo XVI, cuando el poder eclesiástico perdió terreno a favor del poder secular. Podemos definir el Estado con las siguientes características: Es un territorio delimitado por unas fronteras. Toda persona u organismo que se encuentre dentro de las mismas está sometido a sus leyes. Es una organización administrativa y jurídica. La Administración ofrece los servicios esenciales para el funcionamiento del país. El Gobierno, el Senado o los tribunales de justicia forman parte de la organización estatal. Tiene el monopolio de la violencia. Tal como señaló Weber, el Estado es el único organismo que puede ejercer la violencia legalmente para hacer cumplir las leyes. Hay personas u organizaciones que también emplean la violencia dentro de un Estado, pero sus acciones caen fuera de la legalidad. Este monopolio sirve para mantener el orden y hacer cumplir la ley.
Es soberano porque no hay ningún organismo superior que pueda someterlo a su voluntad. En la actualidad, existen organizaciones supraestatales que pretenden coordinar las políticas de diferentes Estados (por ejemplo, la Unión Europea). Sin embargo, los Estados continúan siendo soberanos.
Sin embargo, ¿cómo surge el Estado?
A lo largo de la historia, los filósofos han tratado de responder a esta cuestión fundamental. Durante la filosofia griega y mediaval predominaba la idea de que el poder y la vida política no eran una construcción artificial, sino algo natural y propio del ser humano. Esta visión se encuentra de manera clara en Aristóteles y en Santo Tomás de Aquino, dos de los pensadores más influyentes de la tradición clásica y medieval.
Para Aristóteles, el ser humano es, por naturaleza, un zóon politikón, es decir, un animal político. Esto significa que el hombre solo alcanza su plenitud en la comunidad política. La polis no es un invento humano, sino el desarrollo natural de nuestra tendencia a la sociabilidad: primero la familia, luego la aldea y, finalmente, la polis como comunidad perfecta. La política, entonces, no surge de un contrato ni de la fuerza, sino de la propia condición humana. El hombre dispone de la palabra (lógos), que le permite deliberar sobre lo justo y lo injusto, lo conveniente y lo nocivo. La polis es el lugar donde los hombres alcanzan la eudaimonía (vida buena y feliz). Por ello, quien vive fuera de la polis no es un verdadero hombre, sino una bestia o un dios. El poder político se justifica, pues, en esta tendencia natural a vivir en comunidad, y el gobernante tiene la función de orientar a la sociedad hacia el bien común.
En la Edad Media, Santo Tomás de Aquino (1225–1274) retoma la visión aristotélica y la integra en el pensamiento cristiano. Para Tomás, el hombre es social y político por naturaleza, y esta vida en común responde al designio divino. El poder político está ordenado al bien común, y gobernar no es un privilegio, sino una responsabilidad que proviene de Dios. Ahora bien, aunque todo poder procede en última instancia de Dios, no toda forma de gobierno es justa: el que gobierna en contra del bien común degenera en tirano. Por eso, Santo Tomás sostiene que la ley humana debe estar en consonancia con la ley natural —inscrita en la razón de todo hombre— y con la ley eterna que proviene de Dios. Una ley injusta que se aparta de ese orden no es verdadera ley y no obliga en conciencia.
Tras el declive de la concepción política medieval, surgen en la Edad Moderna los filósofos contractualistas, pensadores de los siglos XVII y XVIII que buscaron justificar racionalmente el origen y la legitimidad del Estado. Estos criticaron la idea difundida por Robert Filmer en su obra El Patriarca, la cual justificaba las monarquías absolutas y defendía que el monarca gobernaba por derecho divino, es decir, que recibía su autoridad directamente de Dios. Esta teoría se sustentaba en la presunta descendencia masculina de la monarquía que provenía de Adán. Según los filósofos contractualistas, la soberanía no deriva de este derecho divino, sino que reside en un contrato social realizado por todas las personas. Fueron pensadores antiabsolutistas que influyeron en las revoluciones sociales de los siglos XVI y XVII.Los contractualistas pensaban que en la sociedad civil, o en un Estado, es necesario que exista un poder político encargado de hacer leyes para regular y proteger, por ejemplo, la propiedad privada, y de ejecutarlas incluso mediante el uso de la fuerza si fuera necesario. La cuestión será entonces determinar cuál es el origen de este poder político. Para ello imaginaron cómo se realizaría un pacto social legítimo desde un estado de naturaleza, es decir, un estado prepolítico. De este modo, se pretende dilucidar la situación natural de los seres humanos, así como su naturaleza y sus derechos. La filosofía política de Hobbes, Locke y Rousseau se remite a este concepto de estado de naturaleza. Es necesario establecer cuál es el estado natural del ser humano con el fin de fundamentar racionalmente la sociedad política y la legitimidad del poder. Veamos pues algunos de sus pensadores más brillantes
El contrato absolutista de Hobbes
El filósofo empirista inglés Thomas Hobbes vivió tiempos de guerra civil, que condicionaron el sistema político que ideó en su obra Leviatán (1651). Para Hobbes en el estado de naturaleza (antes de la creación de la ley y la sociedad) reina la ley del más fuerte y el «todos contra todos». Hobbes fue quien popularizó la cita del escritor latino Plauto que es el lema de aquellos que piensan que ninguna bestia es comparable en crueldad al ser humano: El hombre es un lobo para el hombre». La razón mueve a establecer un contrato social y superar esa situación salvaje. Para conseguir la paz en la sociedad, se deben dejar la supervivencia y la seguridad en manos de un soberano absoluto, que garantice el orden social y la vida de sus súbditos. Estos, a cambio de su vida, ceden todos sus derechos al Estado absolutista, que recuerda al leviatán, un monstruo bíblico todopoderoso que no tiene más límite que cumplir su misión Para evitar un estado de terror, la autoridad debe tener un poder absoluto que puede utilizar como le venga en gana. La autoridad puede usar ese poder bien o mal; ser justa o cruel; eso no importa, porque incluso la peor de las tiranías es mejor que el terrorífico estado de guerra de todos contra todos. A más libertad, menor seguridad y viceversa. Debes elegir: ¿seguridad o libertad?
Locke: un contrato para Las libertades
El filósofo ilustrado John Locke luchó contra el absolutismo y defendió las libertades individuales y la capacidad del ser humano de construir su destino. El gran problema del absolutismo que defendía Hobbes es que, al disponer de todos los derechos y absoluto queda fuera del contrato social. ¿Quién nos protege de ese estado que «nos protege»?
La razón nos descubre que, en el estado de naturaleza, los seres humanos poseemos algunos derechos como el derecho a la vida, a la libertad, a la propiedad fruto de nuestro trabajo y a actuar contra los abusos que podamos sufrir (derecho de venganza).
Esta concepción es que el derecho a la propiedad privada de un bien nace del trabajo. En un principio, los bienes de la naturaleza eran comunes, nada era de nadie y todo era de todos. Pero las cosas sólo se pueden usar cuando trabajamos sobre ellas. Por ejemplo, para poder comer unas manzanas tendrías que cogerlas del árbol. Tu trabajo ha hecho que lo que antes era de todos ahora te pertenezca sólo a ti. Cuando mezclas tu trabajo con una cosa, la sacas de su estado de «propiedad de todos» para convertirla en tu «propiedad privada». Al recoger una manzana del árbol le añades un valor a la fruta que antes no tenía: tu trabajo. La propiedad de la tierra se adquirió de la misma manera. Cuando el hombre tala los árboles de un bosque, trabaja la tierra y la siembra, ésta y lo que ella produzca le pertenecen. Ninguna tierra da trigo si no se cultiva. Por tanto, cuando robas, lo que realmente estás robando es el trabajo y el esfuerzo de otra persona. De ahí que después tenga el derecho a la venganza
Estas cuestiones no dependen de la sociedad, sino que la fundan. El problema es que el estado de naturaleza es inseguro, por lo que este derecho de venganza se cede al Estado, para que instaure las leyes. El contrato es temporal y tiene como contrapartida el deber del estado de constituirse en un sistema parlamentario, pues la ley no puede ser arbitraria. El sistema parlamentario adquiere unas obligaciones para cumplir adecuadamente su función, que es la mejora de las libertades individuales en el imperio de la ley, sin el temor a que la ciudadanía tome la justicia por su mano. Además, para garantizar el uso razonable de la autoridad, Locke propone que el poder esté dividido en legislativo, ejecutivo y federativo. Si el poder no cumple el contrato social, la ciudadanía tiene el legítimo derecho a la rebelión. Esto ocurriría por ejemplo si el monarca se sitúa por encima de la ley, por ejemplo. La propuesta de Locke a la división de poderes ha dado lugar a nuestra división habitual en un poder ejecutivo, que inspira las leyes y toma decisiones, un poder legislativo, que discute y aprueba esas leyes, y un poder judicial, que las hace cumplir.
Rousseau: el contrato del pueblo
El pensador francés Jean-Jaques Rousseau cuestiona las supuestas dificultades de estado de naturaleza. El ser humano no es malvado antes de la sociedad: busca su supervivencia a través de un sano amor de sí, y respeta sus congéneres gracias a la compasión, es un «buen salvaje». El problema llega con la civilización, que introduce la propiedad privada y con ella la desigualdad: el lujo de las sociedades, el egoísmo y la codicia.
Para este filósofo en el estado de naturaleza, es decir, aquel en el que nos encontramos antes de pasar por el aro de la civilización, el ser humano era bueno, feliz y libre. El capítulo I de su famosa obra El contrato social comienza de esta manera: «El hombre ha nacido libre y, sin embargo, vive en todas partes entre cadenas. El mismo que se considera amo no es por eso menos esclavo que los demás». Para Rousseau, el hombre es bueno por naturaleza, y es la sociedad la que lo termina corrompiendo. En Emilio, una obra dedicada a analizar nuestro modelo educativo, hace la siguiente reflexión: ¿Por qué el proceso de civilización supone una degeneración? ¿Cómo perdimos ese paraíso en el que vivíamos? Un día, en un lugar del mundo, a un hombre se le ocurrió la ida de rodear un terreno con un cercado y dijo: «Esto es mío». Entonces, en el resto de hombres nació por primera vez la envidia, el deseo de poseer y el egoísmo. Ese hombre, sin saberlo, había inventado la civilización. Con la propiedad privada surgieron las desigualdades sociales, que son la fuente del resto de los males de nuestra sociedad. Los ricos idearon leyes para proteger sus propiedades de la amenaza de los pobres. Desde entonces, los propietarios oprimen y acosan con su «justicia» al resto de hombres que no poseen nada. Ésta es la cara oculta del «progreso» de nuestra civilización.
Su obra el contrato social explora cómo podría darse el pacto que recuperarse lo mejor del estado de naturaleza, la igualdad entre sus miembros, reconociendo ciudadanos en pleno derecho. Para ellos todos deben ceder completamente sus derechos en aras de una voluntad general que es fruto de la soberanía popular. El sistema que mejor representa la voluntad general es la democracia directa.
En grupos de 3 o 4 personas debéis realizar vuestra ciudad/estado ideal.
Este debe tener:
Un nombre y su gentilicio
La forma de elección del poder (democracia, autocracia etc)
Una constitución donde se digan los derechos y deberes de los ciudadanos
( vivienda, salud, trabajo..etc)
Formas de resolución de conflictos (carcél, delitos, corrupción etc)
Una vez realizado se expondrá en clase y los alumnos votarán en que estado quieren vivir. Enl estado ganador será el nombre de la clase.
A lo largo de la historia se han dado diversas interpretaciones de cómo debe repartirse el poder: aunque hay muchas más veremos las tres con más relevancia: anarquismo totalitarismo y democracia
El término anarquía proviene del griego clásico (an-arché), donde an- significa “sin” y arché designa tanto el “principio rector” como la “autoridad” o el “poder”. Desde un punto de vista político, la anarquía no equivale a caos o desorden, como suele pensarse en el lenguaje común, sino que hace referencia a la ausencia de un poder jerárquico que se imponga sobre los demás. En este sentido, se trata de la aspiración a una sociedad en la que todos los individuos vivan en condiciones de libertad e igualdad, sin que ninguno prevalezca sobre el resto. El anarquismo comienza a perfilarse en el contexto de la Revolución Francesa, alimentado por el anhelo de libertad y de emancipación de los pueblos. Uno de sus exponentes principales fue Bakunin quien denunció que el ser humano se encuentra sometido a tres grandes formas de autoritarismo coercitivo: El Estado, que reprime mediante la ley y la fuerza. La religión, que reprime a través de la idea de pecado y de la obediencia ciega a un dogma. jefes o patronos, que reprimen en el ámbito económico, generando desigualdad y explotación. Según el anarquismo, mientras estos tres poderes se mantengan, no es posible hablar de una vida humana verdaderamente libre. Por ello, su objetivo es abolir estas formas de dominación y organizar la sociedad de manera horizontal, sin jerarquías impuestas. El anarquismo defiende la autogestión social, es decir, que las comunidades se organicen a través de la cooperación voluntaria, el apoyo mutuo y la responsabilidad compartida. En lugar de basarse en la obediencia a la autoridad, la sociedad debería fundarse en valores como la igualdad, la fraternidad y la solidaridad. En este sentido, el anarquismo no es solo una crítica al poder, sino también una propuesta constructiva: plantea la posibilidad de una convivencia en la que la libertad de cada individuo esté en armonía con la libertad de los demás, sin necesidad de un principio jerárquico que prevalezca, el concepto de libertad es importante aquí, pues la libertad personal es libertad de todos los individuos, y mi libertad debe respetar la de los demás ya que si no es así, no se llama derecho, sino privilegio
Totalitarismo
En el extremo opuesto al anarquismo se sitúa el totalitarismo, fenómeno político característico del siglo XX en el que el poder del Estado se concentra de manera absoluta, extendiéndose a todos los ámbitos de la vida: política, economía, cultura y esfera privada. Este poder se ejerce mediante la dictadura de un partido único, encabezado por un líder incuestionable, que moviliza a las masas a través de la propaganda y el control sistemático de los medios de comunicación, borrando cualquier espacio de autonomía individual. El auge de los regímenes totalitarios dejó una huella indeleble en la historia de Europa, ejemplificado en el nazismo y el estalinismo. El nazismo, de inspiración fascista, aspiró a reorganizar la sociedad jerárquicamente, sustentando su legitimidad en la supuesta superioridad biológica de la raza aria. El estalinismo, por el contrario, se articuló a partir del comunismo, teoría filosófica que proponía la abolición de las desigualdades de clase. En el régimen de Pol Pot de Camboya no se permitía llorar o mostrar tristeza pues se consideraba una señal de debilidad o de falta de compromiso con la revolución, además la población debía mostrar alegría y fe absoluta en el proyecto revolucionario. Cualquier gesto de duda o abatimiento era sospechoso, además cuando alguien era condenado como traidor su cuerpo se prohibía enterrar el cuerpo para que los demás pudiesen verlo Cabe destacar que, aunque España e Italia también experimentaron dictaduras de raíz fascista, estas no alcanzaron la dimensión totalitaria.
Fue Hannah Arendt En Los orígenes del totalitarismo, la que analizó las condiciones históricas que hicieron posible la aparición de los regímenes totalitarios en el siglo XX y sus características:la aparición de las masas, la función de la ideología como ley natural y el papel del terror.
Cuando Hannah Arendt habla de masas, no se refiere simplemente a una muchedumbre como en un partido de fútbol o en una manifestación. Las masas son algo más profundo: son personas que anteriormente vivían aisladas, sin lazos comunitarios ni políticos que las uniesen. Por ejemplo, después de la Primera Guerra Mundial: había mucho paro, crisis, millones de refugiados y apátridas, gente sin un Estado que los protegiera. Esas personas se sentían “sobrantes”, sin derechos y sin pertenencia a ningún sitio. Cuando aparece un movimiento que les promete identidad y una comunidad fuerte, aunque sea a costa de la libertad, muchos se sintieron atraídos por esta idea El totalitarismo convirtió el aislamiento en una fuerza organizada. con propaganda, con rituales colectivos, y organizaciones que hacen que todos se sientan parte de lo mismo.
Por otro lado, en el totalitarismo la ideología se vuelve ley natural es decir el racismo biológico en el nazismo o el materialismo histórico dogmatizado en el estalinismo son ejemplos de ideologías que, presentándose como verdades científicas, transforman decisiones humanas en procesos necesarios. La ideología se convierte así en una “ley natural” o en una “ley de la historia”: todo ocurre según un destino inapelable, de modo que la política se vacía de responsabilidad y la moral queda anulada.
El terror es el tercer pilar del totalitarismo y se entiende en relación directa con la ideología. Mientras la ideología ofrece la explicación totalizante, el terror es el instrumento que la realiza en la práctica.en un estado constante de inseguridad y sumisión, donde nadie pueda sentirse protegido ni siquiera dentro del propio movimiento.El terror, al ejecutarse mediante campos de concentración, purgas, policía secreta y vigilancia, destruye los vínculos humanos elementales y convierte a los individuos en piezas intercambiables de un engranaje. De esta manera, asegura que la ideología no sea simplemente una doctrina, sino una realidad vivida. Sin embargo Arendt nos advierte que el totalitarismo puede volver si la sociedad se fragmente y se ve vulnerable
Arendt advierte que el totalitarismo puede volver si una sociedad se fragmenta y la gente queda aislada, sin protección ni participación política. En esas condiciones, es fácil caer en movimientos que prometen seguridad e identidad a cambio de obediencia. El totalitarismo intenta eliminar los conflictos normales de la vida social suprimiendo el debate político y sustituyéndolo por una falsa unanimidad impuesta por la fuerza. En este sentido, se parece a ciertos proyectos utópicos que buscan un modelo perfecto de sociedad donde la política ya no sería necesaria, pero que en la práctica han generado muchísimo sufrimiento.
A lo largo de la historia, la democracia ha sido con frecuencia cuestionada e incluso aborrecida. Como sabemos, apareció hace unos 2.000 años en Grecia y, desde entonces, han existido muy pocos sistemas democráticos en el mundo. La democracia suele definirse como el gobierno del pueblo para el pueblo, es decir, un sistema en el que el gobierno existe para servir a los ciudadanos y no a los gobernantes. Un Estado democrático sólo tiene poder en tanto lo otorga el pueblo que conforma su electorado, si eres ciudadano tienes derecho a elegir quien te representa
Los defensores de la democracia sostienen que es valiosa no sólo porque aumenta las probabilidades de tomar mejores decisiones —pues es poco probable que mucha gente se equivoque mucho al mismo tiempo—, sino también porque hay algo valioso en el propio proceso democrático: la libertad y la igualdad. La libertad entendida como el derecho de toda persona a tener voz en las decisiones colectivas, y la igualdad como el reconocimiento de esa misma libertad a todos por igual por eso uno de los grandes retos de la democracia es la tensión entre lo colectivo y lo individual: debe funcionar según la regla de la mayoría, pero al mismo tiempo debe proteger los derechos de cada persona. Por ejemplo, si el Estado expropia parte de tus propiedades para construir una carretera, actúa en tu contra por un supuesto bien común. Este tipo de decisiones muestra que la ciudadanía no es una masa homogénea y que una mayoría puede imponer leyes que perjudiquen a una minoría. Por eso se dice que un Estado democrático debe proteger a todos los individuos, no solo gobernar en nombre de la mayoría.
Existen dos tipos principales de democracia: directa y representativa. En una democracia directa, la ciudadanía vota a favor o en contra de determinadas leyes; en cambio, en una democracia representativa se elige a los candidatos que formarán el gobierno y serán quienes tomen las decisiones políticas.
Desde la filosofía política contemporánea,los grandes defensores de la democracia han puesto el foco en que este es el sistema que más se acerca al valor político por excelencia; la justicia El filósofo contemporáneo John Rawls afirma que si tuviésemos que formar una sociedad desde una posición original donde el individuo tuviera que escoger los principios de justica y se encontrara bajo un hipotético velo de la ignorancia, en cuanto a su posicion social eligirian valores propios de la democracia: que todo el mundo debe de tener los mismos derechos y libertades y que deben tener mayor ventaja los miembros más desfavorecidos de la sociedad
Desde otras perspectivas como la de la filósofa Judith Shklar defendió que la democracia no es solo una forma de gobierno eficiente o justa, sino un sistema moral que protege a las personas del sufrimiento y del abuso, teniendo la prevención de la crueldad como objetivo fundamental. Shklar argumentaba que la crueldad —el mal infligido de manera deliberada a otros— es el peor de todos los males políticos. Por ello, el principal valor de una democracia es garantizar un marco donde la crueldad no sea posible como práctica cotidiana del poder. Esto implica que las instituciones democráticas deben asegurar la protección de los derechos humanos y ofrecer mecanismos para denunciar abusos.
Muchas veces escuchamos decir: “este partido es de derechas” o “yo soy de izquierdas”, “este es rojo” o “ella es Cayetana”, pero ¿sabemos realmente qué significa eso? ¿Qué diferencia a un político de derechas de uno de izquierdas? Veamos sus diferencias clave a nivel economico y social
En general, la derecha funda sus bases en el liberalismo, un movimiento económico, filosófico y político que defiende el respeto a las libertades individuales, así como el derecho a ejercer la economía sin la intervención del Estado. Su máximo exponente es Adam Smith, autor de La riqueza de las naciones. Adam Smith fundamenta su teoría económica en una visión antropológica del ser humano, ya desarrollada en su obra La teoría de los sentimientos morales. Según él, el ser humano se mueve naturalmente por el interés propio, pero este interés personal está regulado por una moral de la simpatía, ya que buscamos mantener buenas relaciones con los demás. Por ejemplo: como estudiante, haces Bachillerato por interés propio (obtener una mejor formación y trabajo en el futuro), lo que te lleva a querer sacar mejores notas que tus compañeros. Sin embargo, también deseas llevarte bien con ellos, porque la convivencia en clase será más agradable si no hay conflictos. Así, la moral humana se equilibra entre el interés propio y la necesidad de simpatía con la colectividad.
De esta manera, lo que une a la comunidad es el individualismo regulado por el interés privado: cuidándose a sí mismo, cada individuo cuida indirectamente de la sociedad. De ahí surge la teoría de la “mano invisible”: la búsqueda del interés personal genera un equilibrio social, como si una fuerza oculta guiara el mercado hacia el ajuste entre oferta y demanda.
Trasladado a la teoría económica, esto significa que si cada uno persigue su propio interés económico y colabora con los demás, se producirá una armonía que dará lugar a un sistema económico próspero. La competencia y el comercio libre —liberados del control de los nobles feudales— permiten aumentar la productividad y enriquecer a la comunidad. Los productores buscan ofrecer el mejor producto al menor precio para competir en el mercado: los bienes de baja calidad serán adquiridos por quienes tienen menos renta, mientras que los de mayor calidad estarán destinados a quienes tienen más poder adquisitivo. La competencia, por tanto, conduce a un equilibrio económico entre la oferta y la demanda.
En un mercado libre, sin intervención del Estado, los precios se regulan automáticamente:Si la oferta es mayor que la demanda, los precios bajan. Si la demanda es mayor que la oferta, los precios suben.
El equilibrio entre oferta y demanda se basa, pues, en la naturaleza humana. Por eso Smith sostiene que la política no debe intervenir en el mercado, ya que alteraría sus leyes. Además, defiende la división del trabajo como mecanismo para mejorar la productividad y aumentar la competitividad.
No obstante, Smith fue excesivamente optimista al pensar que un aumento de la productividad generaría automáticamente mayores salarios para los trabajadores. Las críticas más potentes a esta visión clásica del liberalismo señalan que no tuvo en cuenta la explotación de los trabajadores ni las crisis cíclicas del capitalismo. En épocas de baja demanda y alta oferta, las fábricas cierran y se genera desempleo masivo. Para comprender estas limitaciones es necesario analizar la crítica al capitalismo formulada por el marxismo.
La izquierda sin embargo basa su política económica en el marxismo, debemos tener en cuenta dos factores: para el marxismo, lo que condiciona y hace que la historia evolucione no son las ideas, sino las relaciones económicas, siendo el ser humano determinado no por cómo piensa, sino por cómo vive. Así, la base de todo orden social es la producción, es decir, la actividad mediante la cual los seres humanos crean bienes materiales para poder vivir.
El sistema capitalista es aquel donde los medios de producción o el copyright pertenecen a la burguesía. Antes del capitalismo, existía una economía de subsistencia (en las antípodas del capitalismo) donde la población producía para poder adquirir aquello que le faltaba, pero no producía para acumular. Sin embargo, la burguesía introduce en Europa un giro a esta dinámica, gracias al cual obtiene un beneficio: el capitalista hace una primera inversión monetaria con la que compra maquinaria, paga los salarios de los obreros, etcétera, de forma que produce una mercancía que sale al mercado y es vendida por una cantidad de dinero mayor de lo que fue su inversión. La diferencia entre el costo de producción (lo que cuesta elaborar un producto) y el precio de mercado es lo que se llama "plusvalía". Es así como el empresario se enriquece, porque se queda con el beneficio de la diferencia.
Así, es el trabajador quien permite al capitalista multiplicar la inversión inicial. El asalariado vende su fuerza de trabajo al capitalista por un salario. Ahora bien, el valor que produce el trabajador para el capitalista y el que éste le paga (salario) son diferentes, pues el trabajador produce mucho más dinero del que recibe.
Por otro lado, según Marx, la producción capitalista no sólo es injusta, sino que va en contra de la propia naturaleza humana. La característica fundamental del ser humano es la actividad creadora de trabajo; el ser humano, trabajando, se crea a sí mismo. Al trabajar, el ser humano se proyecta sobre los productos de su trabajo, pone en cada producto algo de su ser, siendo el producto una objetivización del trabajador, quedando de esta manera la materia humanizada. El capitalismo priva, sin embargo, al trabajador del producto final, llevándolo a una alienación de sí mismo, pues en la cadena de montaje solo realiza una parte del objeto y así es muy difícil sentirse realizado con su creación.
¿Por qué ante esta injusticia la clase trabajadora no se rebela contra el empresario que le explota? Porque la clase social que toma el poder económico, la burguesía, es aquella que genera la ideología, es decir, una visión del mundo de la clase dominante que afecta a todos los ámbitos, ya sea cultural o en las relaciones personales. Marx entiende por ideología la transformación de la realidad para el beneficio de la clase dominante. La relación entre los dos planos es total, en el capitalismo se hará, pues, cine burgués, un arte burgués y leyes que favorezcan el dominio de la economía de la burguesía.
La única manera de salir de esa precariedad es generar conciencia de clase, darse cuenta de que cuanto más ricas sean las grandes empresas, más pobres serán los trabajadores, pues estarán más explotados. Así, la clase trabajadora no debe aspirar a pertenecer a la clase burguesa, sino luchar por sus propios derechos.
Estas teorías políticas hacen que la izquierda sea más proteccionista con respecto a los impuestos y los sistemas públicos pues parten de la desigualdad estructural que genera la economía entre ricos y pobres y quiere garantizar la igualdad entre los miembros de la sociedad. no es justo que las clases más desfavorecidas o que las clases medias no tenga el mismo acceso a educación y la sanidad que las clases altas, por eso el sistema de impuestos es la base para garantizar la igualdad entre los ciudadanos, la derecha sin embargo cree que el dinero esta mejor en el bolsillos de los ciudadanos que en el estado por lo que defenderá la libertad economica y afirmará que eso generara más productividad.
Por otro lado en lo que tiene que ver con cuestiones morales y sociales el paradigma se invierte, pues derecha política suele estar vinculada a la defensa de las tradiciones, la religión y valores conservadores, siendo más reticente a cambios en normas sociales, mientras que la izquierda, en cambio, tiende a adoptar una posición más abierta y progresista, defendiendo derechos sociales